Había una vez un barquito de madera pintado de azul, que navegaba despacito sobre un mar muy tranquilo. Y en ese barquito iban tres gatitos con sombreros de pirata, bufandas a rayas y unas caritas muy chistosas.
El capitán era un gatito anaranjado que se llamaba Bigotes. Luego estaba una gatita gris con un parche dibujado con pintura, que se llamaba Mancha. Y el más chiquito del grupo era un gatito blanco llamado Copito, que siempre andaba con sueño.
Pero les faltaba algo. Les faltaba alguien que supiera leer el mapa del tesoro. Y justo ese día, tu peque estaba sentado en la orilla del mar, pintando con los dedos sobre la arena mojada.
—¡Oye, tú! —maulló Bigotes desde el barquito.
Tu peque miró el barquito azul, miró a los tres gatitos piratas, y sonrió. Pues claro que sí. Se subió al barquito de un brinquito.
Bigotes le dio el mapa, que olía a mantequilla y tenía manchitas de harina. Era un mapa muy especial porque no llevaba a un cofre de monedas de oro, no. Este mapa llevaba al tesoro más increíble del mundo: unas galletas escondidas en algún lugar de la Isla Peluda.
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El pequeño capitán miró el mapa con cuidado. Había una flecha que señalaba hacia donde se ponía el sol. Así que estiró la mano hacia allá y dijo:
—¡Por allá!
Y los gatitos remaron contentos. Bueno, Copito más bien se hizo bolita junto al timón y ronroneó, pero los demás sí remaron.
Llegaron a la Isla Peluda, que se llamaba así porque estaba cubierta de pastito suavecito que parecía pelusa de gato. Tu peque bajó primero y sintió el pasto cosquillearle los pies.
El mapa decía que había que buscar una roca con forma de dinosaurio. Mancha revisó por la izquierda. Bigotes olfateó por la derecha. Pero fue el niño del barquito azul quien la encontró: una piedra grandota con un cuello largo y una colita, igualita a un dinosaurio.
Empezó a escarbar despacito en la tierra blandita junto a la roca. Y ahí estaba. Un cofrecito de madera pintado con estrellitas azules. Lo abrió con mucho cuidado. Adentro había galletas doraditas, redondas, con chispitas de chocolate. Olían a vainilla y a algo tibio, como la cocina de la casa cuando alguien hornea algo rico.
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Tu peque repartió las galletas. Una para Bigotes, que la mordió haciendo crunch. Una para Mancha, que la lamió primero. Una para Copito, que la olió dormido y sonrió. Y una para él, que la saboreó despacito.
Se sentaron los cuatro en el pastito suave de la isla mientras el cielo se iba poniendo de un azul profundo, lleno de estrellas chiquitas que prendían de una en una.
El mar hacía un sonido muy quedito, como si el agua también estuviera bostezando. Bigotes se acurrucó junto a Mancha. Copito ya roncaba desde hacía rato.
Y tu peque se recostó en el pasto, con el cofrecito abrazado contra el pecho, sintiendo cómo le pesaban poquito los párpados.
La brisa olía a galletas y a sal de mar. Las estrellitas brillaban despacito, como si alguien las hubiera pintado con un pincel muy fino. Todo estaba tranquilo, todo estaba en calma.
Y los gatitos piratas, el barquito azul y el niño valiente que leyó el mapa se quedaron dormiditos, juntos, calientitos, soñando con el siguiente tesoro que buscarían mañana. Pero eso sería mañana. Ahorita, solo había que cerrar los ojitos, respirar despacito y descansar.
Buenas noches, pequeño pirata.