Esta noche, antes de que cierres los ojitos, te quiero contar algo muy especial.
¿Alguna vez te has quedado mirando el cielo de noche? Esas puntitos brillantes que titilan allá arriba, tan lejos y tan bonitas... Pues hay un secreto que muy poquitas personas saben: las estrellas no son solo luces. Son ventanas. Ventanitas pequeñitas hacia otros mundos llenos de colores que aquí todavía no tienen nombre, mundos donde los ríos suenan como música y las flores huelen a sueños recién soñados.
Y una noche, una de esas ventanitas se abrió justo en el jardín de tu peque.
Era tardísimo. Tu peque ya tenía la pijama puesta y los dientes lavados, pero algo brillando afuera de la ventana llamó su atención. Un rayito de luz dorada, suavecita, cayó entre las plantas del jardín como una pluma que cae despacio, despacio.
Tu peque salió a ver.
Ahí, entre las hojas húmedas de la noche, había una bolita de luz del tamaño de una mano. Brillaba poquito, como una velita que está a punto de apagarse. Y temblaba. Temblaba igual que cuando uno tiene miedo.
—¿Estás bien? —preguntó tu peque en voz muy bajita, para no asustarla.
La lucecita parpadeó dos veces. Una vez quería decir sí. Dos veces quería decir no.
—¿Te perdiste?
Dos parpadeos otra vez.
Tu peque se sentó en el pasto, que estaba fresco y olía a tierra mojada, y la lucecita se acercó poquito a poquito hasta quedar flotando justo frente a sus ojos. De cerca se veía más bonita: tenía un color entre amarillo y anaranjado, como el último rayito del sol antes de esconderse.
—Yo te ayudo a regresar —dijo tu peque. Y eso bastó. La lucecita brilló un poquito más fuerte.
Juntos empezaron a caminar por el jardín buscando el camino de regreso al cielo, y en ese camino descubrieron cosas que de día no se ven.
Vieron cómo las arañitas tejen sus telas de noche, con muchísima paciencia, hilo por hilo, brillando con el rocío como si fueran collares de perlas diminutas.
Vieron a un grillo sentado sobre una piedra, tocando su música con las patitas, tan concentrado que ni los notó.
Y vieron, en el charquito del jardín, el reflejo de todas las estrellas del cielo. Era como si hubiera dos cielos: uno arriba y uno abajo, y tu peque y la lucecita estaban justo en medio de los dos.
—Mira —susurró tu peque—. Tus amigas están ahí.
La lucecita brilló fuerte, fuerte, fuerte. Contenta.
Entonces tu peque tuvo una idea. Recogió una hoja grande, la puso en el suelo como si fuera una cama, y le pidió a la lucecita que se subiera. Después, muy despacio, alzó la hoja hacia el cielo con los dos brazos estirados, de puntitas, tan alto como pudo.
No hacía falta más. La lucecita sabía lo que tenía que hacer.
Se elevó poquito a poco, como una burbuja de jabón que sube sin prisa, dando vueltas suavecitas. Subió por encima del árbol, por encima del techo, cada vez más arriba, más arriba, hasta que llegó al cielo y se acomodó justo en su lugar.
Y entonces, esa estrella brilló diferente a todas las demás. Un poco más cálida. Un poco más cerca.
Como diciéndole gracias.
Tu peque regresó adentro, se metió a la cama, y miró por la ventana una última vez.
Ahí estaba la lucecita, en su ventanita del cielo, asomándose a este mundo igual que tu peque se había asomado al suyo.
Ahora ya lo sabes tú también: cada estrella que ves esta noche es una ventanita. Y al otro lado hay alguien que quizás también te está mirando, sintiéndose acompañado, igual que te sientes tú ahora.
Cierra los ojitos poquito a poco. Siente lo calientito de tu cobija, lo suave de tu almohada. Afuera, el grillo sigue tocando su música, y las estrellas siguen brillando, cuidándote desde lejos.
Duerme, mi cielo. Esta noche el mundo está muy bonito, y tú eres parte de todo eso.
Buenas noches.